De mano con Castillejo

El proyecto del Villarreal parecía y es de los más preparados para que cualquier modificación o nueva incorporación lo hiciese con naturalidad. La estructura tenía identidad, el club se conoce a sí mismo como pocos y en plantilla ya había calidad para mantener el nivel. Lo que llegara sería para sumar, pero el inicio ha sido algo confuso. Las bajas en defensa, la conocida de Bruno Soriano y la falta de control, fuese desde el balón o desde el robo, puso algo nerviosos a los futbolistas. Así lo manifestó Trigueros, también el propio Escribá. El fútbol es inmediato y las dudas no esperan.
Para ello parece haber sido importante recuperar la Europa League. Poder competir tres días después puede tomarse como una oportunidad temprana de olvidar lo que no funciona, arrancar con victoria ante equipos de menor calidad y experiencia y poder solucionar lo que había sucedido tanto en el Ciutat de Valencia como en Anoeta. Ante Astana, el Villarreal comenzó a tocar otras teclas.
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En esas primeras jornadas, Escribá no escondió que su equipo había hecho dos partidos de Liga muy malos. Reconocido su submarino por saber acelerar y también silenciar a su oponente con aparente calma, el Villarreal del principio andaba desdibujado. Lo más problemático a nivel de discurso estaba en su mediocampo. Si bien la defensa andaba cogida con pinzas, con un Semedo-Ndiaye ante la Real Sociedad con evidentes problemas de coordinación y liderazgo, suministrar juego y aportar equilibrio sin Bruno, no es sencillo. Ahí entró Rodri y se esperaba a Fornals, cuyo arranque está siendo algo complicado. El castellonense, necesitado de espacio para moverse de manera vertical, está llamado a ser una figura que de movilidad partiendo de un costado. El reto demanda tiempo, pero el jugador no es, ni mucho menos, el problema.
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También arriba la misión era interesante de contemplar. Su principal refuerzo, Carlos Bacca, de movimientos calibradísimos pero de potencia más reducida, debía repartirse tareas con el velocísimo Bakambú. El colombiano brilló en Nervión como único ‘9’ pero en Villarreal se estila una doble punta que tuvo a Soldado como armador del ataque, si se quiere fundamental apoyo para crear superioridades y líneas de pases para Bruno y Trigueros. Y Bacca no es exactamente eso. Para responder a esa pregunta, sobre cómo se gestionaría ese enlace, llegó Samuel Castillejo.

El extremo malagueño, ya asentado en la plantilla, al igual que otros jugadores como Ángel Correa o Iker Muniain, está descubriéndose a sí mismo. Conocido su potencial, concretarlo en fútbol, hacerlo evolucionar también es una cuestión de momentos, seguramente personales. Y Castillejo parece preparado para coger la manija del equipo, no sólo desequilibrando sino mostrando continuidad una vez el desborde se ha generado. Samu integró parte del juego que aún le falta por conocer al submarino, el que conformarán Bacca y Bakambú con más partidos y cuando Bruno Soriano vaya entrando en el once. Ayer, frente al Espanyol, y en general en los últimos partidos, fue el motor de Escribá.

Odrizola

España consumó en 27 minutos una avalancha de fútbol propia de sus jugadores y del momento ilusionante que desprende. El conjunto de Julen Lopetegui mostró todos los rasgos que la definen incluso con tres novedades de calado: Saúl en el pivote, Rodrigo en el ‘9’ y Álvaro Odriozola en el lateral derecho. La incidencia de este último fue entendida y aprovechada por una posesión capitaneada por Thiago, Silva e Isco, inspiradísimos en cada toque, dominadores ante una Albania que replegó con todo pero que asistió al debut de un lateral que llega con tanta determinación y personalidad que acaba por intervenir tantas veces como un centrocampista.
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El impacto fue inmediato y natural. Si bien lo de Isco y Silva fue sublime, es sabido que podrían hacerlo tantas veces como quisieran, pero lo del debutante estuvo a la altura. Para entender brevemente el contexto, Lopetegui armó un clásico 4-3-3 español con una apuesta total, superior en número y calidad, por centrocampistas de control y giro, de los que sólo España tiene en cantidad. Partiendo desde banda, Isco y Silva, desde los interiores Koke y Thiago, y en las alas, dos balas, Alba y Odriozola. La posesión de España, si quiere decirse aposicional, con puntos de partida muy diferentes a los de llegada, fue precisa y preciosa, jerárquica en cada movimiento.

Ahí entró Odriozola con la bandera de la frecuencia. El lateral vasco se caracteriza por estar, aparecer y romper indistintamente. Empieza las jugadas siempre muy arriba y entiende con inteligencia la línea defensiva del rival para estirarla con rupturas si en este caso los de Panucci buscaban achicar, o esperaba fijando si la posesión se asentaba arriba para castigar la basculación albana, muy pendiente de la sobrecarga que los centrocampistas más Ramos hacían por el sector contrario. España protegía, tocaba y elaboraba hasta que llegaba a Odriozola para profundizar. Cuando el lado fuerte del ataque se acercaba a él, su lectura de los espacios y de la pelota fue igualmente sobresaliente, limpiando a Silva zonas interiores con arrancadas, desmarques y diagonales que reducían marcas sobre el canario. Ganada tanta altura ofensiva, los demás podían abandonar posiciones para ir apareciendo a espaldas de las líneas albanas y plantarse ante Berisha.
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El otro ‘debutante’ en la era Lopetegui, Rodrigo Moreno, fue todo lo ‘9’ que le requirió el partido. Muy consciente de no sobrecargar con apoyos una mediapunta que necesitaba aire, el valencianista se movió con precisión, bien a los palos, alejándose o acercándose en el área con respecto a cada jugada. España jugó un fútbol extraordinario en el que todos brillaron, especialmente Odriozola, un lateral en sintonía con la idea.

Saúl poco exigido pero muy concentrado en apoyar a los mediapuntas por detrás, más que en equilibrar las transiciones, por ahí bien, pienso. Y Thiago me gustó mucho. La verdad es que España jugó fenomenalmente bien y además nunca le faltó profundidad ni remate, todos los centrocampistas se relevaron para sumar llegada al área.
Isco, Silva y Thiago bordaron el fútbol típico de España.

Un gol para presentarse al mundo

Zinedine Zidane siempre dijo de sí mismo ser un gran tímido. Y puede que estuviera en lo cierto. Su mirada fugaz, escondida y nerviosa y su tono de voz pausado, susurrante y monocorde lo delataban y aún, cuando ya no es ningún niño y ha asumido un rol de primerísima plana mundial en el banquillo del Real Madrid, lo siguen haciendo. Pero Zizou es un tímido de doble faz, un tímido descarado e insolente. Un tímido que, sobre el campo de fútbol, era capaz de atreverse a hacer cosas que nadie nunca habría osado hacer y encima tener los arrestos suficientes como para hacerlas bien.Todos los artículos de fútbol camiseta,buzos, zapatillas y botas, sudaderas y mucho más
Seis de diciembre de 1995. Estadio Benito Villamarín. Es el partido de vuelta de la tercera eliminatoria de la vieja Copa de la UEFA. El Real Betis recibe a un potente Girondins que se trae un notable y tranquilizador dos a cero del choque de ida en el Parc Lescure. Los verdiblancos salen hipermotivados bajo la fría y lluviosa noche invernal sevillana y parece que incluso los dos goles de renta de los bordeleses van a ser insuficientes ante el más que previsible empuje andaluz. Sin embargo, en las filas del club de Aquitania hay quien tiene una sorpresa preparada. Una bombazo inolvidable que entraría directamente en la antología perfecta de las más brillantes obras de arte del mundo del fútbol.
Minuto cuatro del partido. Gaëtan Huard, portero que más tarde lo sería del Hércules, saca en largo de puerta. El balón bota en el círculo central y Anthony Bancarel, que ha acudido a la lucha por él, consigue desviarlo ligeramente hacia el primer compañero libre de marca, varios metros dentro ya del campo del equipo local. Recibe el balón y es el jugador más adelantado de su equipo. No tiene a nadie con quién asociarse para intentar progresar en su avance hacia la portería contraria. El horizonte yermo. Los refuerzo en la retaguardia. Tiene que inventarse algo, en décimas de segundo. De pronto, y dejando que el balón pegue un sólo bote sobre el césped, el latigazo. La plasticidad del gesto, la elegancia del movimiento. ¡Zum! El inesperado pelotazo hacia la gloria. Lo que sólo queda al alcance de unos pocos irreverentes. Ese Pedro Jaro sorprendido, como todos, y ese balón cayendo a plomo contra las redes béticas después de un vuelo supersónico de cuarenta metros.
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La presentación en sociedad de un tímido patológico como Zinedine Zidane tuvo mucho de descaro y suficiencia, un aquí estoy yo en toda regla. Aquel Girondins de Dugarry, Lizarazu y el mago Zizou que fue pasando rondas para llegar desde el submundo de la Intertoto hasta la gran final de la competición y tropezar en el último instante ante el potentísimo Bayern quedó para siempre en la memoria popular como un equipo irrepetible y una conjunción única de futbolistas, momentos y fuerzas que funcionó como magnífico marco para la puesta de largo del que acabaría siendo considerado el quinto grande de la historia del fútbol.
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Benzema en su medida

Acosado y maltratado. Vilipendiado por el simple hecho de haber sido desde el día de su llegada el ojito derecho, dicen, de su presidente. Injustamente demonizado y zarandeado por una opinión pública y cierto sector de una afición que lo acusaba de indolente y de flotar en una dimensión paralela, completamente ajeno a la causa. Karim Benzema. Os habéis cebado con él durante años. Habéis clamado por un sustituto. No se os caían de la boca los nombres de Cavani o Lewandowski, delanteros, decíais, de verdaderas garantías. Ocurre que Benzema juega a otra cosa. Ocurre que su estilo no es llegar a la meta por el camino más corto y directo. Ocurre que su juego requiere de paciencia y de un gusto educado en el tiempo para admirarlo y degustarlo, porque no es lo mismo dar una bocanada a un habano que a un Chester o pegarse un lingotazo de J&B que paladear un speyside de treinta años. Y ocurre que, cuando desata su ira, no hay un futbolista en el mundo capaz de hacer las cosas que Karim hace.
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En un partido de guerreros y aspavientos a la grada coronado por un ambiente incendiario resolvió la sangre fría y la cabeza aparentemente ausente de Karim. Resolvió el que supo mantenerse aislado de un entorno en ebullición para, en mitad del estruendo, susurrarle al oído a la fiera defensa colchonera lo que tenía pensado hacer con ella. Fue una de esas jugadas tan inverosímiles como exquisitas. Tan de Benzema. Tan de recibir el balón en una situación en la que, por lógica, nunca debería de pasar nada. Arrinconado por tres matones dispuestos a todo y ante una grada ansiosa de carnaza y deseosa de ver al rival caído, humillado y suplicando clemencia, Karim salió airoso de la encerrona en la cumbre de su majestuosidad como futbolista. Sobrevolando la línea de fondo a ras de suelo y afilando cada brizna de hierba con la suela de sus botas. Haciendo fácil lo imposible y jugando a ser veloz en un espacio tan breve en el que la velocidad directamente te mata. Su hazaña plantó a la ofensiva blanca ante Oblak, dio paso al gol madridista y, sobre todo, revirtió una situación crítica para su equipo cuando comenzaba a amenazar con zozobra ante la fantástica puesta en escena inicial del Atleti.
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Benzema es un animal en peligro de extinción. Una especie a la que hay que admirar y proteger y sobre la que hay que tener un fundado temor: que definitivamente desaparezca. Es un futbolista cuya valía no se puede ponderar mediante estadísticas, porque no existen números que cuantifiquen su aportación intangible sobre el césped. No hay un valor que contabilice el número de goles creados de la nada más absoluta o de jugadas que, directamente, ni siquiera existen. Por eso se hace difícil defender su juego. Por eso, quizá, se hace difícil entenderlo.
Esta Champions League ya nos ha dejado una foto para el recuerdo. Es la imagen tomada por Laurence Griffiths (Getty) desde el fondo norte del Calderón. La imagen de Benzema conduciendo el balón por el borde del abismo, burlando el cerco y ganándose ese espacio para la eternidad que antes habían merecido Fernando Redondo en Old Trafford o Zidane en Glasgow. Esa eternidad en la que se deciden las Copas de Europa.

Sera o no Sera

Para que un club salga de una inercia negativa y pase de rozar la desaparición a jugar unas semifinales europeas por primera vez en su historia tienen que pasar muchas cosas que impliquen a muchos protagonistas diferentes. Y en lo relativo al RC Celta de Vigo esto resulta paradigmático. Carlos Mouriño, Miguel Torrecilla, Eusebio Sacristán, Paco Herrera, Luis Enrique, Berizzo, Borja Oubiña, Hugo Mallo, Augusto Fernández, Krohn-Dehli, Fabián Orellana, Nolito… La lista de responsables que, cada uno con una importancia diferente pero a la vez con una repercusión global, han contribuido a que el Celta se plante hoy en el mítico Old Trafford es tan larga como justa.
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Sin embargo, únicamente hay un nombre que hace posible que hoy el Celta, además de vivir un día histórico, pueda salir con una victoria de Manchester. Un nombre que a su vez es el gran culpable de que este proyecto haya resultado tan bonito -y efectivo- en la práctica como lo era en la teoría. Porque ha sido Iago Aspasquien ha dado sentido, tiempo y recorrido a las buenas intenciones y al magnífico trabajo de todos sus compañeros. Sin alguno de los anteriormente citados, este proceso tan largo y delicado hubiera resultado más complicado. Incluso improbable. No hay duda. Pero es que sin Iago Aspas, directamente, hubiera sido imposible.

El de Moaña es el protagonista que conecta al resto. El que liga la idea de club del presidente con las bases de Eusebio, el refuerzo de Herrera y el salto de Berizzo. El que propicia que los jugadores que han ido llegando pudieran encontrar un contexto táctico propicio para brillar, pues al final ha sido Iago el que iba cambiando de rol para adaptarse a las necesidades del equipo. El futbolista, en definitiva, que explica punto por punto la historia moderna del Celta, incluyendo su saneamiento económico. Sus goles salvadores ante el Alavés en 2009, su increíble eficacia goleadora en la temporada del ascenso, su jugada ante el RCD Espanyol en 2013 antes de marcharse a Liverpool, su evolución a jugador franquicia en la era Berizzo… La carrera del ídolo celeste está plagada de momentos, imágenes y recuerdos trascendentales que le convierten ya de facto en uno de los jugadores más importantes de su historia -por ser prudentes-, pero por encima de eso está la inevitable sensación de que todo lo logrado ha sido posible porque Iago lo creyó primero.
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Esto es algo que se ha podido comprobar esta temporada. Porque el año del Celta tiene un análisis complicado. A pesar de haber alcanzado las semifinales en Copa y en Europa League, el nivel del equipo de Eduardo Berizzo ha distado bastante del de años pasados. Las bajas de Nolito y Orellana, unidas a las anteriores de Augusto y Krohn-Dehli, son una merma de calidad tan notable como uno pueda imaginar. Y ha pesado. Mucho. Eduardo Berizzo decidió matizar su estilo, adaptarse a lo que tenía y potenciar a otras piezas diferentes, caso de Nemanja Radoja o Daniel Wass, pero al final la solución más eficaz ante este grave problema la ha ofrecido el de siempre. Porque el fútbol es de los futbolistas, y eso es algo que el Toto entiende a la perfección. De ahí que Iago este año haya contado con una libertad absoluta para hacer y deshacer a su antojo, lo cual, unido a la convicción del grupo que él ha ayudado a mantener, le ha servido al Celta de Berizzo para llegar hasta aquí.

Massimiliano Allegri

Massimiliano Allegri se ha marcado el farol de su vida jugándose el pase a la final de la Copa de Europa. El técnico livornés, que venía de utilizar a Cuadrado por delante de Alves para frenar al mejor Neymar, decidió que el Mónaco, un equipo con una débil estructura defensiva, que deja muchísimos espacios por fuera, a espaldas de los laterales y a los lados de los pivotes, no suponía una oportunidad para Juan Guillermo ni para cualquier concepto análogo al de la agitación, el desborde individual o el contragolpe fulgurante. La Juventus de Allegri ha demostrado ante el conjunto del Principado que el equilibrio buscado y encontrado no residía en emitir una palabra más alta que otra, que no era la defensa posicional o el contragolpe lo que debía marcar las diferencias, sino el control de lo que pasara en todo momento para debilitar a su oponente, un matiz que ante Jardim ha sido el fundamento del éxito, el secreto del triunfo.
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Cuando todos miraron a la parte defensiva para atender a la respuesta elegida, Allegri no sólo no miró allí, sino que derivó la fortaleza hacia la reflexión ofensiva. Por eso, y enlazando con la respuesta calmada ante la voz alzada del Mónaco, Massimiliano hizo valer el poder de observación para atemperar la partida. De la mano de Pjanic, Dybala y Alves, su nuevo pasillo de seguridad, la agenda donde apuntar sus reflexiones, el Mónaco comenzó a desaparecer en su visita al Juventus Stadium. Mediante esos tres jugadores, Allegri controló lo que pasaba, redujo el ímpetu de su rival y salió para jugar y no para contragolpear. Las virtudes de ese trío, todas relacionadas con el criterio, dañando más con la palabra que con el golpe, valen la final de Cardiff. Como muestra, el botón que abrocha la semifinal: el 1-0, el movimiento de apoyo de Dybala cuando Alex Sandro está galopando y Paulo puede romper a espaldas de la zaga. Esa frenada del genio sudamericano desmontó el castillo de naipes de Leonardo Jardim.
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El portugués, no obstante, tenía que tomar decisiones de calado con tal de generar el tipo de partido que le diera el 0-1 y la posibilidad de seguir moviéndose desde dicho marcador. Para intentarlo, Jardim eligió un 3-4-1-2, en el que los hombres exteriores tendrían menos labores defensivas de las que ya tienen, sustituyendo a Lemar por Moutinho, colocando a Silva en la mediapunta y orquestando una presión muy adelantada que intentara hacer dudar a la Juve en su elección a la hora de salir tras robo. Así, el campeón italiano echó mano de Mandzukic para salir en largo, mientras los monegascos, que nuevamente tuvieron en Mbappé esa descomunal amenaza a pesar de su baja participación en la eliminatoria, se acercaron de nuevo a Buffon, aunque sin concretar en ocasiones ni en goles. Enfocando el peligro en la banda izquierda, entre Mendy y Mbappé generaron profundidad, el primer paso necesario para asaltar el muro.

Como en la ida, ese dominio necesitaba traducción, que no llegó. A la Juventus no le ponen nerviosos los momentos de estrés ni de sometimiento, pues sabe escapar de ellos y solucionarlos porque su experiencia y su talento defensivo en el área son, sin duda, referenciales. 

De mano con Castillejo

El proyecto del Villarreal parecía y es de los más preparados para que cualquier modificación o nueva incorporación lo hiciese con naturalidad. La estructura tenía identidad, el club se conoce a sí mismo como pocos y en plantilla ya había calidad para mantener el nivel. Lo que llegara sería para sumar, pero el inicio ha sido algo confuso. Las bajas en defensa, la conocida de Bruno Soriano y la falta de control, fuese desde el balón o desde el robo, puso algo nerviosos a los futbolistas. Así lo manifestó Trigueros, también el propio Escribá. El fútbol es inmediato y las dudas no esperan.
Para ello parece haber sido importante recuperar la Europa League. Poder competir tres días después puede tomarse como una oportunidad temprana de olvidar lo que no funciona, arrancar con victoria ante equipos de menor calidad y experiencia y poder solucionar lo que había sucedido tanto en el Ciutat de Valencia como en Anoeta. Ante Astana, el Villarreal comenzó a tocar otras teclas.
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En esas primeras jornadas, Escribá no escondió que su equipo había hecho dos partidos de Liga muy malos. Reconocido su submarino por saber acelerar y también silenciar a su oponente con aparente calma, el Villarreal del principio andaba desdibujado. Lo más problemático a nivel de discurso estaba en su mediocampo. Si bien la defensa andaba cogida con pinzas, con un Semedo-Ndiaye ante la Real Sociedad con evidentes problemas de coordinación y liderazgo, suministrar juego y aportar equilibrio sin Bruno, no es sencillo. Ahí entró Rodri y se esperaba a Fornals, cuyo arranque está siendo algo complicado. El castellonense, necesitado de espacio para moverse de manera vertical, está llamado a ser una figura que de movilidad partiendo de un costado. El reto demanda tiempo, pero el jugador no es, ni mucho menos, el problema.

También arriba la misión era interesante de contemplar. Su principal refuerzo, Carlos Bacca, de movimientos calibradísimos pero de potencia más reducida, debía repartirse tareas con el velocísimo Bakambú. El colombiano brilló en Nervión como único ‘9’ pero en Villarreal se estila una doble punta que tuvo a Soldado como armador del ataque, si se quiere fundamental apoyo para crear superioridades y líneas de pases para Bruno y Trigueros. Y Bacca no es exactamente eso. Para responder a esa pregunta, sobre cómo se gestionaría ese enlace, llegó Samuel Castillejo.
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Odrizola

España consumó en 27 minutos una avalancha de fútbol propia de sus jugadores y del momento ilusionante que desprende. El conjunto de Julen Lopetegui mostró todos los rasgos que la definen incluso con tres novedades de calado: Saúl en el pivote, Rodrigo en el ‘9’ y Álvaro Odriozola en el lateral derecho. La incidencia de este último fue entendida y aprovechada por una posesión capitaneada por Thiago, Silva e Isco, inspiradísimos en cada toque, dominadores ante una Albania que replegó con todo pero que asistió al debut de un lateral que llega con tanta determinación y personalidad que acaba por intervenir tantas veces como un centrocampista.
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El impacto fue inmediato y natural. Si bien lo de Isco y Silva fue sublime, es sabido que podrían hacerlo tantas veces como quisieran, pero lo del debutante estuvo a la altura. Para entender brevemente el contexto, Lopetegui armó un clásico 4-3-3 español con una apuesta total, superior en número y calidad, por centrocampistas de control y giro, de los que sólo España tiene en cantidad. Partiendo desde banda, Isco y Silva, desde los interiores Koke y Thiago, y en las alas, dos balas, Alba y Odriozola. La posesión de España, si quiere decirse aposicional, con puntos de partida muy diferentes a los de llegada, fue precisa y preciosa, jerárquica en cada movimiento.

Ahí entró Odriozola con la bandera de la frecuencia. El lateral vasco se caracteriza por estar, aparecer y romper indistintamente. Empieza las jugadas siempre muy arriba y entiende con inteligencia la línea defensiva del rival para estirarla con rupturas si en este caso los de Panucci buscaban achicar, o esperaba fijando si la posesión se asentaba arriba para castigar la basculación albana, muy pendiente de la sobrecarga que los centrocampistas más Ramos hacían por el sector contrario. España protegía, tocaba y elaboraba hasta que llegaba a Odriozola para profundizar. Cuando el lado fuerte del ataque se acercaba a él, su lectura de los espacios y de la pelota fue igualmente sobresaliente, limpiando a Silva zonas interiores con arrancadas, desmarques y diagonales que reducían marcas sobre el canario. Ganada tanta altura ofensiva, los demás podían abandonar posiciones para ir apareciendo a espaldas de las líneas albanas y plantarse ante Berisha.
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El otro ‘debutante’ en la era Lopetegui, Rodrigo Moreno, fue todo lo ‘9’ que le requirió el partido. Muy consciente de no sobrecargar con apoyos una mediapunta que necesitaba aire, el valencianista se movió con precisión, bien a los palos, alejándose o acercándose en el área con respecto a cada jugada. España jugó un fútbol extraordinario en el que todos brillaron, especialmente Odriozola, un lateral en sintonía con la idea.

Saúl poco exigido pero muy concentrado en apoyar a los mediapuntas por detrás, más que en equilibrar las transiciones, por ahí bien, pienso. Y Thiago me gustó mucho. La verdad es que España jugó fenomenalmente bien y además nunca le faltó profundidad ni remate, todos los centrocampistas se relevaron para sumar llegada al área.
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Seis minutos

Cuando haces las cosas bien y en su debido momento, luego sueles tener tiempo libre. El Atlético de Madrid hizo las cosas bien en Dinamarca en la ida de la eliminatoria de su estreno en Europa League. Le sobraban noventa minutos, los de la vuelta en el estadio Metropolitano. Afortunadamente para las de más cuarenta mil almas congregadas en la monumental fresquera, esto no se notó durante seis minutos, los que tardó Gameiro en dejar un poco más atrás el sarcástico mote de “Falleiro” con un golazo desde la frontal. Ahí se acabó todo; al menos todo lo relevante en lo estrictamente futbolístico, dado que lo más ofensivo del Copenhague fueron sus hinchas, quienes de cuando en cuando cantaban “Pu*a Atlético-Pu*a Atlético” pasándose por sus Hamlets el respect que circundaba el césped. Por eso, el encuentro tuvo más de resistencia al tedio y al frío que de competición digna de interés. Cómo sería la cosa que corriendo el minuto 73 ya había aficionados enfilando la salida para llegar al hogar, dulce hogar. 
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Con esa especie de pachanga al fresco sobre el terreno de juego, lo más noticiable estuvo en la gestión que la afición hizo del caso Simeone-Torres, demostrando que por mucha falta de tacto del Cholo, por mucha cizaña que siembre el entorno de Torres y por muchas portadas que perpetre MARCA, la hinchada rojiblanca no está para guerras civiles ni cismas ni divorcios. Entrenador y jugador fueron ovacionados por igual al anunciarse la alineación y coreados salomónicamente durante el partido. Los atléticos sólo sabemos una cosa: honrar a nuestras leyendas. Y Simeone y Torres lo son. Punto. 

Por lo demás, muy poco que reseñar: Gabi demostró por qué ha perdido la titularidad, Koke evidenció que de resurrección actualmente sólo tiene el apellido, Gameiro confirmó que su retorno al mundo de los vivos va por buen camino y Torres, para desilusión de la hinchada, fue víctima una vez más de la impotencia que le persigue cuando al Cholo le da por hacerlo jugar. Tampoco es que la exigencia del partido admitiera muchas más pegas, toda vez que lo exhibido por ambos conjuntos en el césped fue de un nivel “Me importa un Carrasco”.
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Por todo eso, lo mejor del encuentro fue volver al calor del hogar habiendo finiquitado con solvencia una eliminatoria de la competeción llamada a borrar los amargores de la eliminación en Champions y Copa del Rey esta temporada. ¡Aúpa Atleti!

Camiseta Marcelo 2018

Estamos ante la nueva camiseta de Marcelo para la temporada 2016-2017
Las camisetas Adidas cuentan con la tecnología ClimaChill. Estas prendas tienen una tela que está compuesta con dióxido de titanio, que genera una mayor absorción. Solo toma dos segundos desaparecer la humedad y 30 minutos el secado completo de la prenda.
Para muchos, las renovaciones en la indumentaria deportiva son solo a nivel del diseño pensando que es una simple camiseta moderna, brillante, en color blanco con detalles en azul marino en el lateral y en las mangas.
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Pero se equivocan. Detrás hay grandes equipos e inversiones dedicados a la investigación, con el objetivo de convertir estas prendas no solo en elementos que protejan, sino también que brinden cierta ventaja, potenciando las habilidades del deportista profesional.
Con apenas 18 años fue fichado por el club merengue, el cual se negó a abandonar. En el que se hizo amigo de su antecesor en el puesto, un tal Roberto Carlos.
Marcelo es considerado el mejor lateral izquierdo del planeta. El sucesor de Roberto Carlos, también brasileño. Con ese objetivo fue fichado por Real Madrid en el 2006
Si no hubiese sido por mi abuelo, no hubiese jugado al fútbol. Él me hizo ser todo lo que soy. Él creyó en mí antes de que nadie creyera. Cuando quise dejar todo, a los 15 años, me llevó a seguir. Es mi ídolo. Le debo todo”, dice Marcelo Vieira, el mejor lateral izquierdo del planeta, el sucesor de Roberto Carlos, el que ganó todo, el mismo que se paró frente a la máquina de apuestas y puso su moneda.
Aquella mañana en la que su abuelo no pudo juntar el dinero, Marcelo ganó 25 reales gracias a la bandera de Croacia, que insólitamente, fue la que le dio el premio mayor, que le permitió contar con lo necesario para ir a la práctica que definía su futuro. El chico fue elegido para el equipo y a la vuelta, con los reales que sobraban, pagó una hamburguesa y un jugo para él y para su abuelo. Fue su primera hazaña.

Procedente de Inglaterra, comenzó a introducirse en América un nuevo deporte, el fútbol. Su gran acogida hizo que a finales del siglo XIX y comienzos del XX se crearan las primeras sociedades para practicarlo. Una de ellas fue el Madrid Football Club, semilla del actual Real Madrid.
Julián Palacios se erigió en su primera cabeza visible, pero quien constituyó oficialmente la institución fue Juan Padrós. Él fue quien, en 1900, convocó una junta general para designar los jugadores que formarían el primer equipo del Madrid. La constitución como sociedad se produjo el 6 de marzo de 1902, con una directiva presidida por Juan Padrós.
La constitución de un primer torneo de futbol en el que participó el Madrid se estableció en honor de Su Majestad, el rey Alfonso XIII. Cinco sociedades formalizaron su inscripción para un torneo que terminó acogiendo El Hipódromo. Nacía en esos momentos la Copa de España y el triunfo del Madrid. Hasta cuatro títulos lograron los blancos en las seis primeras ediciones.
La magnitud que iba adquiriendo el club se fue haciendo cada vez más notable, y así se llegó al 29 de junio de 1920, cuando se produjo uno de los hechos más destacados en la historia blanca como fue la recepción de una breve misiva procedente del rey de España Alfonso XIII de Borbón al presidente del club. Desde ese momento adquirió así el club una denominación que mantiene en la actualidad, Real Madrid Foot-Ball Club, y por tal el derecho a portar la corona real en su escudo.
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El precio de esta espectacular camiseta de Marcelo que estás viendo es de 100 euros, la puedes comprar en la web del Real Madrid, en las tiendas oficiales del club y en otras de deportes, además como El Corte Inglés. Puedes ver todas las camisetas y botas que ha utilizado este futbolista en los últimos años visitando la sección Marcelo o utiliza el buscador de la web.