Benzema en su medida

Acosado y maltratado. Vilipendiado por el simple hecho de haber sido desde el día de su llegada el ojito derecho, dicen, de su presidente. Injustamente demonizado y zarandeado por una opinión pública y cierto sector de una afición que lo acusaba de indolente y de flotar en una dimensión paralela, completamente ajeno a la causa. Karim Benzema. Os habéis cebado con él durante años. Habéis clamado por un sustituto. No se os caían de la boca los nombres de Cavani o Lewandowski, delanteros, decíais, de verdaderas garantías. Ocurre que Benzema juega a otra cosa. Ocurre que su estilo no es llegar a la meta por el camino más corto y directo. Ocurre que su juego requiere de paciencia y de un gusto educado en el tiempo para admirarlo y degustarlo, porque no es lo mismo dar una bocanada a un habano que a un Chester o pegarse un lingotazo de J&B que paladear un speyside de treinta años. Y ocurre que, cuando desata su ira, no hay un futbolista en el mundo capaz de hacer las cosas que Karim hace.
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En un partido de guerreros y aspavientos a la grada coronado por un ambiente incendiario resolvió la sangre fría y la cabeza aparentemente ausente de Karim. Resolvió el que supo mantenerse aislado de un entorno en ebullición para, en mitad del estruendo, susurrarle al oído a la fiera defensa colchonera lo que tenía pensado hacer con ella. Fue una de esas jugadas tan inverosímiles como exquisitas. Tan de Benzema. Tan de recibir el balón en una situación en la que, por lógica, nunca debería de pasar nada. Arrinconado por tres matones dispuestos a todo y ante una grada ansiosa de carnaza y deseosa de ver al rival caído, humillado y suplicando clemencia, Karim salió airoso de la encerrona en la cumbre de su majestuosidad como futbolista. Sobrevolando la línea de fondo a ras de suelo y afilando cada brizna de hierba con la suela de sus botas. Haciendo fácil lo imposible y jugando a ser veloz en un espacio tan breve en el que la velocidad directamente te mata. Su hazaña plantó a la ofensiva blanca ante Oblak, dio paso al gol madridista y, sobre todo, revirtió una situación crítica para su equipo cuando comenzaba a amenazar con zozobra ante la fantástica puesta en escena inicial del Atleti.
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Benzema es un animal en peligro de extinción. Una especie a la que hay que admirar y proteger y sobre la que hay que tener un fundado temor: que definitivamente desaparezca. Es un futbolista cuya valía no se puede ponderar mediante estadísticas, porque no existen números que cuantifiquen su aportación intangible sobre el césped. No hay un valor que contabilice el número de goles creados de la nada más absoluta o de jugadas que, directamente, ni siquiera existen. Por eso se hace difícil defender su juego. Por eso, quizá, se hace difícil entenderlo.
Esta Champions League ya nos ha dejado una foto para el recuerdo. Es la imagen tomada por Laurence Griffiths (Getty) desde el fondo norte del Calderón. La imagen de Benzema conduciendo el balón por el borde del abismo, burlando el cerco y ganándose ese espacio para la eternidad que antes habían merecido Fernando Redondo en Old Trafford o Zidane en Glasgow. Esa eternidad en la que se deciden las Copas de Europa.